Nacida el 26 de marzo de 1805, en Côte-des-Neiges, Montreal, Marcela Mallet conoce muy pronto el dolor de los duelos (su padre, seis hermanos y hermanas), la pobreza (todos los bienes vendidos en subasta), las mudanzas (4 en 12 años). Es acogida en Lachine, con su único hermano, en un hogar acogedor donde vive una adolescencia feliz y sin historia, salvo un drama en la casa de sus padres adoptivos cuando ella manifiesta su deseo de "ser religiosa", pero, termina ganando a los suyos y va "donde Dios la llama".

El 6 de mayo de 1824, ella entra en la Congregación de las Hermanas Grises de Montreal, fundada por Margarita d'Youville. El espíritu de esta mujer "a la caridad universal" está vivo en su casa, el Hospital general de Montreal, que alberga a centenares de pobres. Marcela se impregna de este espíritu, siente una gran atracción por la persona de Jesús cuyos gestos de bondad los revive en las tareas a ella confiadas (cocinera, hospitalaria, sacristana). Sin duda a causa de su sólido buen sentido natural, es elegida consejera vitalicia, después asistente en un período marcado por la fundación de comunidades autónomas. Cuando viene la de las Hermanas de la Caridad de Quebec, ella percibe el llamado de Dios, se ofrece et acepta ser la superiora-fundadora.

Madre Mallet llega a Quebec el 22 de agosto de 1849, cuando una epidemia asola la ciudad e invade el orfanato que sirve de cuna a la comunidad. Con algunas compañeras, se pone enseguida a cuidar a las huérfanas y va a socorrer a las familias afectadas. Tarea que se vuelve más pesada cuando surgen nuevas epidemias en 1851, 1852, 1854, 1855 y 1866, porque Quebec es el puerto de llegada de barcos muchas veces portadores de gérmenes mortales. Además, las sucesivas crisis económicas que sacuden al país multiplican el número de pobres y aumentan su miseria. La fundadora busca socorrerlos organizando el servicio a domicilio.

Otra necesidad de Quebec de entonces: la instrucción de las jóvenes. Madre Mallet vela primero en continuar la obra de las damas caritativas de Quebec, a favor de las huérfanas y de los niños pobres. Ella que siempre sufrió por no haber podido instruirse, acoge a todos los que su casa puede contener. También, abre una escuela en el bajo de la ciudad de Quebec y conventos en Cacouna, Levis, Deschambault, Plessisville y La Pocatière; en todos esos lugares extiende sus servicios a los pobres y a los enfermos a domicilio. Constatando que la pobreza impide a algunos jóvenes llegar a ser sacerdotes, ella inicia la obra de los seminaristas procurándoles lo que necesitan. Cuando el espacio lo permite, acoge a señoras ancianas o impedidas y a huérfanos; ella acogió por lo menos a 1121 niños. Se la ve ir al puerto, en ayuda de los inmigrantes sin techo. Socorre también a las víctimas de incendios.

Las elecciones comunitarias de agosto de 1866 marcan un giro en su vida: ella deja toda la carga administrativa en las manos de sus hermanas. Se le asigna como prueba de obediencia el cuidado de la huerta, importante recurso para la casa, y la responsabilidad del dispensario de los pobres, una de sus últimas obras. Después de haber visto su capilla destruida por un incendio en 1869, y luego de haber sufrido de cáncer durante más de dos años, muere a los 66 años, al alba de Pascua, el 9 de abril de 1871.

Las numerosas obras realizadas por Madre Mallet a favor de los desprotegidos muestran que estamos delante de una mujer de corazón, de visión y de coraje. Esta mujer se revela una apasionada de Jesús. Por Él, descubrió que Dios es un Padre lleno de ternura, creyó en su amor y desea ardientemente comunicarlo. Esto constituye el centro de su espiritualidad que se traduce en su manera de actuar y también en su lenguaje: "El Padre no escatimó nada para hacer de nosotros apóstoles listos a difundir el fuego del Amor divino en el corazón de todos aquellos a quienes nos acercamos".

No es sorprendente que no se canse de entregarse a los marginados de la sociedad, a quienes quiere dar más que los bienes de este mundo. Para atraerles en la aventura del Amor, propone un medio muy simple: ofrecer una hora de su día al Corazón de Jesús, mientras continúan trabajando. Fórmula que conoció por su correspondencia con las Hermanas de la Visitación de Paray-le-Monial de Francia.

A la Buena Madre Mallet, como la llamaron en su tiempo, la siguieron miles de hermanas. De generación en generación se transmiten la herencia que enriquecen con sus aportes personales; así, la gracia propia a la congregación continúa demostrando, a través de gestos de compasión y palabras de fe, el Amor del Padre revelado en el Corazón del Hijo. A ejemplo de su fundadora, las hermanas aprenden a leer los signos que lo expresan. Ellas buscan todavía abrir los ojos sobre las riquezas del mundo de hoy y sobre sus miserias, tratando humildemente de invitar a los unos a socorrer a los otros.

Centenares de personas, jóvenes y adultos, comparten la misma gracia como asociados(as) a la congregación o como amigos(as) de Marcela Mallet. Esta doble corriente nacida en Quebec, se extiende en Estados Unidos, en América latina, en Japón. Otras personas entran en la asociación de la Hora de Presencia al Corazón de Jesús, promovida bajo otro nombre por la Madre Mallet en 1866 y confiada a su comunidad en 1890 para ser difundida en todo el país.

Convencidas que la espiritualidad de Madre Mallet sigue siendo un camino de santidad al alcance de todos, y frente a los testimonios expresados a favor de su fundadora a lo largo de los años, las hermanas han introducido su causa en Roma, en vista a una eventual canonización. El expediente sobre su vida y sus virtudes recibió una acogida favorable de la comisión de los historiadores, el 11 de abril del año 2000. Por los favores atribuidos a su intercesión, Madre Marcela Mallet continúa velando por la felicidad de los demás.

Hna. Yvonne Ward, s.c.q.

"Mi anhelo y mi deseo: que nos dejemos quemar por el fuego que Nuestro Señor ha traído para alumbrar la tierra, para que todos los corazones sean semejantes al Suyo. (Madre Marcela Mallet)







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